Vino mi vecina a traernos unas invitaciones. “Para tí y tus hermanas, m’hija…” dijo ella. Yo me quedé con cara de “what?” por un segundo. Justo en eso llegaron Tomoka y Yubi del tianguis, con su carrito lleno de fruta.
“Ay, qué bueno que las veo,” dijo la vecina, “les dejé con su hermana sus invitaciones, porque en enero es la fiesta de quince años de Manolita y queremos que vayan todas ustedes.” Tomoka sonrió y dijo “Por supuesto, señora, ahí estaremos. ¿No quiere una naranja?” y le ofreció una naranja que más parecía toronja a la vecina, que la aceptó, se despidió de beso de Tomoka y Yubi y se fue.
Ya adentro, mientras Tomoka lavaba sus fresas, me preguntó lo que estaba esperando que me preguntara desde hacía rato: “Oye, Lina, ¿Qué es una fiesta de quince años?” Yo le respondí, buscando en Youtube, “Pues si te descuidas, ésto:”
“Tenemos que ir… ” dijo Tomoka riendo. Yubi, siempre la voz más cuerda de la casa, preguntó “¿Pero por qué se hacen fiestas?” Me quedé pensando un momento, y respondí “Para presentar a tu hija en sociedad, o sea, para decir que tu niña ya no es niña sino mujer. Es algo latino.” Tomoka y Yubi parecieron meditar un minuto y luego preguntaron, casi al unísono, “¿Y te hicieron fiesta a tí?” “No,” respondí, “yo me fui a España. ¿Qué chiste tenía hacer fiesta si no podía beber champaña?” Yubi se quedó pensativa, pero Tomoka sí se rió con mi chistorete. De cualquier manera vamos a ir. La fiesta es cinco días antes de que me vaya a Québec, y a estas alturas, si me voy, porque las tormentas de nieve por allá amenazan con no dejarme llegar el día de mi vuelo.
Como cada dos semanas, doña Cuquita entra a mi privado quejándose de algún dolor vago y con síntomas extraños. Esta vez es en las orejas, Como cada dos semanas, la examino para descartar que sea algo serio y me doy cuenta que es su habitual hipocondria, como cada dos semanas. Le extiendo una receta por 5 gotitas de monóxido de dihidrógeno líquido diarias aplicadas alrededor de la oreja con un hisopo de algodón, y le digo que tenga cuidado, porque es tan fuerte que no me extrañaría que el dolor del dedo gordo del pie izquierdo se le quite. Doña Cuquita se va feliz.
“Siguiente”, grito a través del interfon. Mi recepcionista hace pasar al siguiente paciente.
“Doctora,” me dice, “creo que los extraterrestres están tramando contactar a Obama y a hacer cosas con ciertas partes de su cuerpo que la moral y las buenas costumbres me impiden mencionar.” Lo examino atentamente, y luego le pregunto “¿Y cuál es el problema?” El paciente se me acerca y me dice en voz baja “Que cada vez que pienso en eso me duele la cabeza. ¿Será un implante?” Tomo mi estetoscopio y se lo pongo en la cabeza al paciente, luego realizo un examen general. “No le encuentro nada malo, y creo que lo que necesita usted es una dosis de escepticilina. Con esto se le quitará el dolor de cabeza. Pero vaya a ver al doctor Ahuramazdah, él es el especialista.“, y le extiendo su receta. “¡Siguiente!”
“Doctora”, me dice un tipo que entra con un gorro de papel aluminio en la cabeza, “sé que en la Luna están planeando derrocar al sol y quedarse como la única fuente de luz de la Tierra. Lo sé, hay actividad inequívoca en sus bases, y para evitar que me entere de la verdad me enviaron un rayo que me provoca una molesta comezón en la cabeza, a pesar de mi casco”. Presiento que va a ser un día movidito. “Necesito que se vaya usted a rapar el pelo”, le digo tras quitarle el casco y ver que tiene más piojos que cabello, “y luego necesito que se dé un baño con agua caliente con jabón de azufre y estropajo. Eso le quitará la comezón. No se vuelva a poner el casco, porque lo que hace es concentrar las ondas en la cabeza. Y tómese una dosis de escepticilina antes de ir con el doctor Ahuramazdah, que es el especialista en estos casos“. Tomo nota de decirle a Ahuramazdah que me debe comisión por los pacientes. “¡Siguiente!”
“Doctora”, dice el viejecito que va entrando a mi consultorio, “siempre he jugado a la lotería y nunca me he ganado nada. Pero ahora, con lo del 2012, quiero saber si debo comprar boletos para el sorteo de navidad o el de año nuevo, porque si ya se acabó el mundo fue dinero tirado a la basura.” Son estas las cosas que me hacen reflexionar sobre por qué estudié medicina en lugar de quedarme como enfermera. “El doctor Ahuramazda es el que sabe de números, don Telaraño. Vaya a verlo. Pero hágame un favor: cuando compre sus boletos tráigame un cachito.” “Claro que sí, doctora. Con mucho gusto.” “¡Siguiente!”
El paciente que entra tiene un ligero parecido al Káiser Guillermo. “Guten tag, Frau Doktor Maybrick”. No cabe duda, es alemán. “Ich tengo und kleines libro mit der historia del Berliner Mauer. ¿Quiere Sie ein Buch comprar? Fünfzig Peso. Und regalo ein trozo del Mauer.” Consulto mi diccionario y le respondo que quiero dos libros y que vaya con el doctor Ahuramazdah a venderle uno, porque le puede interesar. “¡Siguiente!”
“¡Doctora!” entra de repente un señor sin pantalones con barba muy larga, “¡Se va usted a quemar por atea e impía! ¡Cómo se atreve a decir que Jesús escapó en un avión manejado por Poncio el Piloto!” Justo en ese momento entra el doctor Ahuramazdah, disculpándose porque se le escapó el paciente. Yo me encojo en hombros. “¡Siguiente!”
Entra una muchacha con aspecto de estudiante de filosofía, o tal vez de letras. Empieza a hacerme preguntas a gran velocidad y cuando por fin logro que se calle, me informa que está tratando de resolver una pregunta: ¿Desde qué punto de vista podría estudiarse la diversidad religiosa? “Estás buscando al doctor Maybrick equivocado”, le digo, “el que te puede ayudar es mi hermano el historiador“. La muchacha no parece afectada y de cualquier manera me deja su tarjeta por si se me ocurre algo que le ayude. “¡Siguiente!”
Entra un paciente más con gorro de aluminio. No puedo ni decir “No otra vez…” cuando el tufo del paciente me pega de lleno en la cara. El paciente me pregunta si es verdad que los desodorantes producen cáncer. Conteniendo el aliento yo le digo que no, pero que no ponerse desodorante podría ser causa de muerte, en especial si no se quita el ridículo gorro de aluminio. Acto seguido le paso un antitranspirante de fuerza industrial. El paciente sale sin que me de tiempo de más, y aprovecho para abrir las ventanas. Casi puedo ver al olor. Salgo de mi consultorio un momento para ir a tomar una taza de café y veo que no hay nadie en la sala de espera, excepto un paciente con influenza que no puede oler nada. Le digo que me espere un momento, y cuando estoy preparándome mi taza llega el doctor Quayle. Nos ponemos a hablar de pseudomédicos cuando regresa el paciente hediondo y nos pregunta si es verdad que se pueden conservar riñones en envases de yogurt. Casualmente Quayle trae un poco de escepticilina…
Hay días en que me pregunto si vale la pena seguir estando del lado de los buenos. Luego veo a mis pacientes y digo “Sí, sí lo vale. Alguien los tiene que cuidar de ellos mismos.”
Quoth no es un chico precisamente muy detallista, pero cuando tiene un detalle se luce. He estado tan ocupada y llena de chamba que se me olvidó que Quoth me iba a llevar al jazz. Así que ayer iba yo llegando a mi casa desde la escuela, y justo cuando me encontraba junto al teléfono de la sala, de pronto suena mi teléfono.
Y lo contesté por el altavoz. Era Quoth, que me preguntó, así a bocajarro, que si ya estaba yo lista para casarme con él. “Sí, cuando quieras,”dije yo, mientras Tomoka se me quedaba viendo con una sonrisa desde la cocina y Yubi y Renée se asomaban por la puerta de sus cuartos. “¿Qué te parece el miércoles?” dijo Quoth, y yo saqué mi agenda. “¿A qué hora?” pregunté, mientras Renée salía de su cuarto, intrigada, y Yubi no hacía ni decía nada. “A las cinco y media. Así alcanzamos a echarnos una luna de miel antes de que tenga que regresar a clases.” “Ay, mi vida,” dije yo, “a las cinco tengo examen de embriología.” “Oh, qué lástima, ” dijo Quoth, “para otra vez será.” Tomoka estaba botada de risa, y Yubi y Renée estaban confundidas. Claro que Tomoka ya había escuchado el chiste antes. Y entonces Quoth dijo “Bueno, mientras tanto, quiero que te quites esa bata blanca, tu blusa rosa manchada y tu pantalón de cosa azul con una mancha de leche y te pongas lo que Tomoka te dejó en tu cuarto, tus zapatos más cómodos, y el bolso chiquito y coquetón que te tiene que dar Tomoka. Ni te maquilles, así estás bien.”
Ahora yo fui la que se quedó con cara de “What?!” Porque, ¿Cómo sabía Quoth lo que traía yo puesto? Así que le pregunté. “Es que iba caminando detrás de tí, querida. Ni me pelaste y me cerraste la puerta en la nariz.” Yo corrí a la puerta y efectivamente Quoth estaba ahí afuera, esperándome con una sonrisa de oreja a oreja. Saludó a Tomoka con un gesto de complicidad de lejitos y siguió hablando por el celular. “Anda,” me dijo, “cámbiate rápido porque todavía tenemos que ir a cenar antes de ir a ver a Gil.” Yo cerré la ventana de la puerta y me metí corriendo a mi cuarto a cambiarme. Me puse las primeras garras que encontré, que fueron una falda larga azul y una blusa blanca y un sueter azul y gris que estaban sobre mi cama, y me puse mis zapatos cafés más cómodos, y el bolso chiquito que me dio Tomoka, en el que estaba metiendo mi monedero, y me fui sin despedirme. Salí a la calle, le dí un beso y un abrazo a Quoth, que todavía no colgaba el teléfono, y se despidió de las chicas. También le dijo a Tomoka que un día tenía que llevarla a ella a cenar y escuchar música, en pago por sus ‘invaluables servicios prestados a la Revolución, huerquilla.’
Y entonces nos subimos a su coche y nos fuimos al teatro Diana a ver a Gil Cervantes. Y mi sorpresa fue que en el coche venía mi tío. Nos saludamos como si tuviéramos mucho tiempo sin vernos, y es que sí, teníamos mucho tiempo sin vernos. Nos pusimos al día y ni me enteré de cuándo llegamos al Diana. Compramos los boletos, nos quedaba una hora para entrar, y entramos al Sears a bobear un rato. Cuando entramos al teatro y nos acomodamos, nos tocó sentarnos junto a la voz oficial del Ayuntamiento de Guadalajara. Yo no lo conocía, pero mi tío sí. A mi tío lo reconocen por todos lados. Nos sentamos muy a gusto y cuando llegó Gil Cervantes Quoth y mi tío me estuvieron presentando a los músicos de la orquestra. Como yo no sé qué cosa es cada cosa que tocan ni para qué Gil movía la mano Quoth me hizo contar el ritmo y darme cuenta de en qué momento Gil hacía que entraran los otros músicos a tocar.
Era la primera vez que yo veía una orquesta de jazz tan de cerca (estábamos en la cuarta fila, en el centro) y la verdad, estaba fascinada por la música. Como que ya entiendo por qué a Quoth le gusta tanto el Jazz. Una cosa que sí me fijé es que de vez en cuando Quoth entrecerraba un ojo. Tras fijarme bien me dí cuenta que eso era cuando uno de los músicos fallaba una nota. En especial cuando Gil se puso a tocar y su clarín o su trompeta o como se llame no quedó bien afinada o algo así, porque lo tuvo que ajustar un par de veces. También me enteré de que a veces el director, cuando toca, le cede la dirección a otro de los músicos, la primer trompeta o el primer trombón casi siempre. De cualquier manera yo aprendí mucho, y mi tío, que fue músico, me hizo aprender todavía más. Al salir ya había tomado yo una decisión. Saqué mi celular y le marqué a Uno, que sabía yo que estaba en casa, pues era su día de descanso. “Quiero el divorcio” le dije, para probarlo. “¿Qué?” “Que quiero el divorcio. Me voy a casar con Gil Cervantes.” ”Pero si no estamos casados… ” “Pues entonces quiero que te cases conmigo para poder divorciarme de tí y casarme con Gil Cervantes…” Mi tío no habla francés, y Quoth tampoco, pero Quoth sí entiende algo, así que le tradujo a mi tío, que se echó a reir. Uno y yo entonces nos pusimos a platicar mientras Quoth nos llevaba a mi tío y a mí a cenar.
Cuando me despedí de Uno estábamos con Kiko, el de las tortas. Cenamos muy a gusto y después Quoth me dejó en mi casa. Y como las chicas estaban viendo una película de esas raras que les manda Quoth, yo me fui a dormir. Las chicas estaban viendo “Primer” y les advirtió que, si la entendían, le dijeran. Yo me metí mejor a mi cuarto a dormir.
Yo sólo tengo una pregunta: ¿Por qué Quoth sigue soltero? Y claro, ya me sé la respuesta: porque se le da su real gana.
Ya me voy a comer. Besos y abrazos. Ah, y Quoth me mandó esto:
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