Jazz con Quoth

Quoth no es un chico precisamente muy detallista, pero cuando tiene un detalle se luce. He estado tan ocupada y llena de chamba que se me olvidó que Quoth me iba a llevar al jazz. Así que ayer iba yo llegando a mi casa desde la escuela, y justo cuando me encontraba junto al teléfono de la sala, de pronto suena mi teléfono.

Y lo contesté por el altavoz. Era Quoth, que me preguntó, así a bocajarro, que si ya estaba yo lista para casarme con él. “Sí, cuando quieras,”dije yo, mientras Tomoka se me quedaba viendo con una sonrisa desde la cocina y Yubi y Renée se asomaban por la puerta de sus cuartos. “¿Qué te parece el miércoles?” dijo Quoth, y yo saqué mi agenda. “¿A qué hora?” pregunté, mientras Renée salía de su cuarto, intrigada, y Yubi no hacía ni decía nada. “A las cinco y media. Así alcanzamos a echarnos una luna de miel antes de que tenga que regresar a clases.” “Ay, mi vida,” dije yo, “a las cinco tengo examen de embriología.” “Oh, qué lástima, ” dijo Quoth, “para otra vez será.” Tomoka estaba botada de risa, y Yubi y Renée estaban confundidas. Claro que Tomoka ya había escuchado el chiste antes. Y entonces Quoth dijo “Bueno, mientras tanto, quiero que te quites esa bata blanca, tu blusa rosa manchada y tu pantalón de cosa azul con una mancha de leche y te pongas lo que Tomoka te dejó en tu cuarto, tus zapatos más cómodos, y el bolso chiquito y coquetón que te tiene que dar Tomoka. Ni te maquilles, así estás bien.”

Ahora yo fui la que se quedó con cara de “What?!” Porque, ¿Cómo sabía Quoth lo que traía yo puesto? Así que le pregunté. “Es que iba caminando detrás de tí, querida. Ni me pelaste y me cerraste la puerta en la nariz.” Yo corrí a la puerta y efectivamente Quoth estaba ahí afuera, esperándome con una sonrisa de oreja a oreja. Saludó a Tomoka con un gesto de complicidad de lejitos y siguió hablando por el celular. “Anda,” me dijo, “cámbiate rápido porque todavía tenemos que ir a cenar antes de ir a ver a Gil.” Yo cerré la ventana de la puerta y me metí corriendo a mi cuarto a cambiarme. Me puse las primeras garras que encontré, que fueron una falda larga azul y una blusa blanca y un sueter azul y gris que estaban sobre mi cama, y me puse mis zapatos cafés más cómodos, y el bolso chiquito que me dio Tomoka, en el que estaba metiendo mi monedero, y me fui sin despedirme. Salí a la calle, le dí un beso y un abrazo a Quoth, que todavía no colgaba el teléfono, y se despidió de las chicas. También le dijo a Tomoka que un día tenía que llevarla a ella a cenar y escuchar música, en pago por sus ‘invaluables servicios prestados a la Revolución, huerquilla.’

Y entonces nos subimos a su coche y nos fuimos al teatro Diana a ver a Gil Cervantes. Y mi sorpresa fue que en el coche venía mi tío. Nos saludamos como si tuviéramos mucho tiempo sin vernos, y es que sí, teníamos mucho tiempo sin vernos. Nos pusimos al día y ni me enteré de cuándo llegamos al Diana. Compramos los boletos, nos quedaba una hora para entrar, y entramos al Sears a bobear un rato. Cuando entramos al teatro y nos acomodamos, nos tocó sentarnos junto a la voz oficial del Ayuntamiento de Guadalajara. Yo no lo conocía, pero mi tío sí. A mi tío lo reconocen por todos lados. Nos sentamos muy a gusto y cuando llegó Gil Cervantes Quoth y mi tío me estuvieron presentando a los músicos de la orquestra. Como yo no sé qué cosa es cada cosa que tocan ni para qué Gil movía la mano Quoth me hizo contar el ritmo y darme cuenta de en qué momento Gil hacía que entraran los otros músicos a tocar.

Era la primera vez que yo veía una orquesta de jazz tan de cerca (estábamos en la cuarta fila, en el centro) y la verdad, estaba fascinada por la música. Como que ya entiendo por qué a Quoth le gusta tanto el Jazz. Una cosa que sí me fijé es que de vez en cuando Quoth entrecerraba un ojo. Tras fijarme bien me dí cuenta que eso era cuando uno de los músicos fallaba una nota. En especial cuando Gil se puso a tocar y su clarín o su trompeta o como se llame no quedó bien afinada o algo así, porque lo tuvo que ajustar un par de veces. También me enteré de que a veces el director, cuando toca, le cede la dirección a otro de los músicos, la primer trompeta o el primer trombón casi siempre. De cualquier manera yo aprendí mucho, y mi tío, que fue músico, me hizo aprender todavía más. Al salir ya había tomado yo una decisión. Saqué mi celular y le marqué a Uno, que sabía yo que estaba en casa, pues era su día de descanso. “Quiero el divorcio” le dije, para probarlo. “¿Qué?” “Que quiero el divorcio. Me voy a casar con Gil Cervantes.”  ”Pero si no estamos casados… ” “Pues entonces quiero que te cases conmigo para poder divorciarme de tí y casarme con Gil Cervantes…”  Mi tío no habla francés, y Quoth tampoco, pero Quoth sí entiende algo, así que le tradujo a mi tío, que se echó a reir. Uno y yo entonces nos pusimos a platicar mientras Quoth nos llevaba a mi tío y a mí a cenar.

Cuando me despedí de Uno estábamos con Kiko, el de las tortas. Cenamos muy a gusto y después Quoth me dejó en mi casa. Y como las chicas estaban viendo una película de esas raras que les manda Quoth, yo me fui a dormir. Las chicas estaban viendo “Primer” y les advirtió que, si la entendían, le dijeran. Yo me metí mejor a mi cuarto a dormir.

Yo sólo tengo una pregunta: ¿Por qué Quoth sigue soltero? Y claro, ya me sé la respuesta: porque se le da su real gana.

Ya me voy a comer. Besos y abrazos. Ah, y Quoth me mandó esto:

Posted: Sunday, November 22nd, 2009 @ 4:26 pm
Categories: Cataclismos.
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2 Responses to “Jazz con Quoth”

  1. Lord Eggs Says:

    Bueno, me da gusto que te haya gustado el paseíllo.

  2. Cataclí­smica Says:

    Nous avons un cadeau pour toi, mon chérie.