Hijack this!
Hola a todos. Seguramente ya tienen noticias mías, pues presumo que algunos de ustedes son también lectores de otros nodos de LIDERCorp Networks. En cualquier caso, permítanme presentarme. Soy Quoth. The Raven. Junto a mí se encuentra Cataclísmica Maybrick. Dí hola, Cata.
Hola, Cata.
Gracias. Una vez hechas las presentaciones, vayamos al artículo, que esta vez es escrito a cuatro manos (las de Cata y las mías) con tres voces (la mía, la de Cata y la de mi cabeza que me dice que mate a todos ustedes, con todo catiño, eso sí) y cuatro pares de ojos (los míos, los de Cata, los de Tomoka y los de Uno) dos de los cuales están muy intrigados viendo la velocidad con la que tecleo y el hecho de que prácticamente no hago pausas ni veo el teclado.
Son en este momento un poco más de las ocho de la tarde (ajusten su reloj para el horario de verano) y me encuentro en casa de mi prima Cata, a donde vine por una receta que me permitirá surtirme de medicamentos contra el dolor. Perdonarán ustedes esta breve introducción, pero me parece que es necesario para indicar el hecho de que tuve que trasladarme hasta aquí y no ella trasladarse hasta allá. Si se perdieron este capítulo de Plaza Sésamo (o Barrio Sésamo en España, como atinadamente me informa Cata) sepan que aquí es aquí y allá es allá, y que aquí no es allá ni allá es aquí. Una vez educadas las masas lectoras de este blog, que según la lista de visitantes ascienden a cuatro, continuemos.
Me trasladé hasta casa de Cata. Punto. A manera de pago por la receta y el hecho de Cata me consiguió medicina gratis, me puse a instalar un par de pares de contactos eléctricos en la habitación que es mundialmente desconocida como la Recámara de los Gemidos. Que quede constancia de que Cata me acaba de dar un madrazo en la sección de la cabeza que las personas finas y educadas identifican como occipusio. Coloqué los contactos en la recámara donde Cata y Uno se supone que duermen, aunque aparentemente es lo que menos hacen. Otro madrazo. Instalé los contactos en la habitación. ya. No hubo golpes. Continúo. Tras instalar los contactos sin más protección que la que me proporciona mi ropa, los contactos están instalados y ya hay posibilidad de conectar múltiples cosas, como un reloj despertador y una lámpara de buró que hasta este momento estaban conectadas por medio de extensiones eléctricas, dado que Cata puso al revés la habitación y lo que antes daba al norte ahora da al sur, y viceversa, lo que antes daba al sur ahora da al norte. Tomoka estuvo viéndome con una cara que sólo puedo describir como de admiración ante técnicas nuevas, pues creo que nunca había visto cómo se instalaba un contacto eléctrico a la mexicana, y no la culpo. Mas sin embargo, una vez que terminara yo de hacer mi instalación y pasara de estar en posición decúbito dorsal a perpendicular con respecto al piso, Me le quedé viendo a esos ojos negros y profundos (estoy poético) y una vez más procedí a perder mi aplomo de hombre de mundo. Porque la niña se parece mucho a Mikki, una compatriota suya que se convirtiera pronto en una importante parte de mi vida y que, eufemismos, tuve que dejarla partir.
Mi primo, Quoth, escribió todo lo anterior a toda velocidad y yo no puedo seguirle el ritmo, Casi es capaz de escribir al mismo ritmo que habla. Bueno, lo que quiero decir es que hoy quedó de contarme lo que le pasó con Mikki, porque la verdad me da pena ver que se pone nervioso cuando ve a Tomoka. Yo creo que mejor voy a dejar que escriba él esta parte.
Gracias, Cata querida. Pues bien, verán ustedes. Corría el lejano año de 2007 cuando un presunto ingeniero con ínfulas de escribidor se largó a Vancouver. Para efectos del relato, lo llamaremos V. El muchachón, V, se la pasó seis meses en aquellas tierras y la cosa se volvió sumamente interesante por el hecho innegable de que lo hizo endeudándose hasta las cejas, lo que no es de despreciarse y puede explicar el triste desenlace de esta historia. V empezó a estudiar inglés, y entre que eran peras o manzanas, pronto hizo amistad con gran parte de los estudiantes de niveles avanzados… y con una estudiante de nivel bajo. Ésta chica, que iba en tercer nivel mientras él iba en sexto nivel, se llamaba Mitsuki Hayakawa, siendo Hayakawa un nombre de familia ficticio aunque no inventado. Mitsuki utilizaba el nombre Mikki en Canadá, y era una chica bajita (comparada con V), delgada, con cara de muneca de porcelana, ojos almendrados y pelo negro ala de cuervo, brillante, corto y suelto. Siempre tenía una sonrisa en la boca y era una estudiante de literatura hispana en la Universidad de Tokio. Literatura hispana, escucharon (o más bien leyeron) bien. Mikki dominaba ya el español y avanzaba en inglés, aunque en ambos idiomas tenía un fuerte acento japonés (menos notable en el español que en el inglés, por las peculiaridades lingüísticas de ambos idiomas). La forma de conocernos fue una de ésas que cualquiera, incluyendo Cata y Tomoka aquí presentes, podría llamar como romántica. Yo la llamo coincidencia.
Llovía ese día, como suele llover en otoño, invierno y primavera en Vancouver y en cualquier otra ciudad con promedio de 300 días de lluvia al año. La calle Smithe, donde se ubicaba la escuela, estaba particularmente húmeda al encontrarse en una pendiente con cierta inclinación. Mikki, recién llegada como V a dicha ciudad, resbaló y cayó al frío suelo. Fue V quien la ayudó a pararse y a acomodarse, y si no la cargué hasta el hospital luchando contra los elementos en busca de algún doctor que reparara rápidamente y con presteza los huesos rotos y salvase su pierna en el proceso, fue porque, primero, lo más cercano era la estación de bomberos, afuera de la cual se había caído Mikki; segundo, porque no le pasó nada más que un ligero dolor en la región que las personas finas y educadas llamamos glútea; y tercero, porque una vez verificado que todo estuviera bien, y dado que se había mojado bastante, le presté mi chamarra para que se secara, una vez que supimos que ambos estudiábamos en la misma escuela. Yo, siempre un caballero. Probablemente por eso sigo solo. Tu turno, querida.
Guau, escribes muy raro. O sea que Mikki se cayó y tú la ayudaste a levantarse.
Sí. Obsérvese que dije que la ayudé a levantarse y no que la recogí. Uno es caballero ante todo y hay cosas que no pueden hacerse en la primera cita.
Grosero.
Gracias.
Bieno, decía que ella se cayó, tú la levantaste, y le prestaste tu chamarra. O sea que hacía mucho frío.
En tus términos, sí, hacía mucho frío. En los míos estaba frío pero nada más. No me hubiera muerto de hipotermia pero sí hubiera llegado empapado a casa, que después de todo estaba bastante cerca.
Okey, pero entonces qué pasó luego ?
Olvidaste abrir tu signo de interrogación, querida. Permíteme corregirlo por tí.
Okey, pero entonces ¿qué pasó luego?
Listo. Bueno, lo que pasó a continuación es que a la hora de la comida Mikki llegó al gran salón comedor y me entregó la chamarra junto con una de las sonrisas más grandes y brillantes que haya visto en mi vida. La ví, me dio mi chamarra, que estaba cuidadosamente doblada, me dijo “Gracias” en inglés y a continuación me preguntó mi nombre. “V,” le dije yo en el mismo idioma, “es más fácil para tí pronunciarlo y nos ahorrará muchos problemas.” De cualquier manera la invité a comer con el grupo, aunque dijo que prefería comer con sus amigas. El hecho de que estábamos en niveles de inglés diferentes fue un factor determinante, ahora que lo veo, porque no podía seguirme la conversación. Esto lo noté porque le pregunté “I am really interested in knowing your place of origin, my precious child” de acuerdo a mi estilo rimbombante y churrigueresco, y ella respondió con un “Pardon?” que me hizo repetir de nueva cuenta la pregunta sencilla de “Where are you from?” para averiguar de dónde era la chica. De hecho lo que dije fue “Where are you from? Japan, I know, but the city, I mean.” La respuesta, Hokkaido, fue más que suficiente. Mikki se despidió con un saludo que cata describe como de gatito, esto es, con la palma de la mano frente a la persona que se despide y los dedos índice a meñique alternando entre 0 y 180 grados con respecto al suelo.
Worales. ¿Y qué pasó entonces?
Nada. O más bien dicho, lo clásico. Mis compañeros me preguntaron quién era ella, y yo no pude más que decirles que era una chica que había ayudado en la manana. Comimos en paz hablando de varias cosas, y ya estaba yo a punto de olvidarme del asunto cuando Mikki llegó con un chocolate, y me lo dio, junto con una inclinación de cabeza en forma de caravana. Yo hice lo mismo (inclinarme, no darle un chocolate) y me quedé un tanto sorprendido, pero la cosa no pasó a mayores. Nada más pasó hasta la siguiente semana, cuando caminando yo desde el Seven Eleven de Robson y Mainland con rumbo a la escuela, noté que adelante una chica se cayó, debajo de los cerezos de las casas victorianas. Por supuesto, allá va V.
Y era Mikki.
Sí. lo era. Una vez más se había caído por el agua, y una vez más la rescató V. V procedió a levantarla, a darle de nueva cuenta su chamarra, a apoyarla sobre un auto y a quitarle los zapatos, y con ayuda de mi infalible navaja suiza magyveresca le hice unos cortes en las suelas a manera de dibujos de neumático, y volvó a colocar los zapatos en los pies de su propietaria, que durante ese tiempo me miró con una mezcla de admiración, miedo y odio, aunque no sé cuál de los tres predominaba más. Una vez que terminé con mi magia negra le dije “All righty, then. Try to walk. Any better?” y como Mikki no se cayera y mejorara su tracción, el factor odio desapareció de la ecuación. De cualquier manera le puse mi chamarra una vez más y la acompañé a la escuela. También le ofrecí mi brazo. Como usara yo zapatos con suela industrial esa ocación no había forma de que me resbalara sin proponérmelo, y llegamos sanos y salvos a la escuela, que después de todo eran sólo 100 metros. Esa vez volví a invitar a Mikki a acompañarnos a comer, y esta vez aceptó. Fuimos a un lugar cercano, si mal no recuerdo en Beatty y Smithe, y charlamos un buen rato. Ahí me enteré de que Mikki era estudiante de letras hispanas en la Universidad de Tokio, que era de Hokkaido, que hablaba español y que venía por seis meses, los mismos que yo, a Vancouver. La conversación fue agradable, y aunque mis compañeros se veían un tanto aliviados de que pudieran hablar con alguien más en español, yo indiqué que si vivíamos en Vancouver lo menos que podíamos hacer era hablar en inglés. La comida fue muy agradable y la conversación de pronto pasó a lo difícil que era encontrar casa en Vancouver y lo afortunado que era yo de vivir en un hotel. Pobres.
Bueno. ¿Y qué pasó entonces?
Para cuando terminó el nivel Mikki ya era parte de la bolita de amigos y salía con nosotros después de clases. Nunca tomaba más que una cerveza, si es que tomaba algo de alcohol, peor comía con nosotros y tenía muy buien diente. En eso se parece a Tomoka, aquí presente, que en cuanto se enteró de que estaba hablando de ella me dedicó una sonrisa que es capaz de desarmar a cualquiera. Pero divago. La cosa es que un tiempo después, cuando estaba yo quejándome de que todo mundo ligaba en Vancouver excepto yo, Mikki me invitó al cine. Lo cual fue una novedad. Generalmente debe ser uno quien toma la iniciativa, y cuando una chica toma la iniciativa, pues uno se siente muy bien porque sabe que hay interés y posiblemente haya posibilidades de llegar a más. Pues Mikki me invitó al cine y yo pagué los boletos, pues después de todo se supone que soy un caballero. Fuimos a ver Piratas del Caribe 3: en el Fin del Mundo, película que Mikki quería ver y que, además, tenía la ventaja de estar subtitulada en inglés, lo que era adecuado para su escaso dominio de la palabra hablada en lenguaje vernáculo del siglo XVII. Inglés viejo, vaya.
Oh, guau. Pero pensé que te habías ido con tus amigos, eso lo dijiste en tu blog.
Pues sí, allá me los encontré y como también quisieran ver la película, nos sentamos juntos. Claro está que yo tenía más ojos para Mikki que para mis amigos. Una de ellas lo notó. Después de la película, y como aún hubiera luz, fuimos a cenar. El lugar elegido, Lombardo’s estaba a la vuelta del cine y ya he hablado de él en varias ocasiones en mi blog. De nueva cuenta, estaba yo más entretenido en ver a Mikki que en comer. Eso lo noté porque Mikki probó cada una de las ocho pizzas mientras que yo únicamente probé un par de rebanadas de las dos pizzas más cercanas. No me importó pagar un poco más; la chica se lo merecía. Salimos, nos despedimos y acompañé a Mikki a su casa. Más bien, al skytrain. Me sorprendió la chica cuando me preguntó si podía darme un abrazo de despedida, pues las personas orientales suelen evitar el contacto no indispensable. Por supuesto que la abracé, y en eso Mikki me dio un beso en la mejilla, y se alejó en la muchedumbre, diciéndome adiós con la mano y dejándome ahí como pendejo en medio de la multitud que se metía a la estación.
Guau. O sea, Guau. Eso era amor del bueno, primo.
Supongo yo que sí. La cosa es que después de eso Mikki y yo comenzamos a salir más. Yo, que tenía algo así como ocho años de no andar de novio, tuve que empezar desde cero porque todo ya se me había olvidado. Con Mikki recorrí Stanley Park caminando, y con Mikki estuve cuando nos invitaron a un picnic en el Queen Elizabeth Park. Con Mikki visité infinidad de tiendas y centros comerciales y recorrí las calles de seis ciudades diferentes. Con Mikki fui a los festtivales de jazz y música clásica de Vancouver. Y con Mikki fui a Victoria a visitar los Butchard Gardens. Es decir, todo aquello que me hubiera dado hueva hacer solo, lo hice con Mikki. Pronto me gradué a andar con ella de la mano y del brazo, y pasé de besos en la mejilla a besos más interesantes. Y si bien la primera noche que salimos juntos, que fue cuando la llevé a ver la Novena de Betoven –digo– Beethoven, no logré llegar más que a primera base, varios días después estuve a segundos de anotar carrera, aunque me poncharon a punto de llegar a home. Mikki tenía sus escrúpulkos, y no importó que le dijera yo que estaba vacunado contra eso. Mikki tenía escrúpulos y no pude quitárselos a tiempo.
¿Cómo que a tiempo?
Debes entender — o por lo menos intentar entender– mi situación. Yo tenía ya mucho tiempo sin pareja, y Mikki era una chica linda, y muy agradable, pero ella era aún muy joven, comparativamente hablando. Yo no era aún un joven de treinta años pero Mikki apenas contaba 21 primaveras. A pesar de lo cual era una chica muy madura, y no quería tener ataduras sentimentales que la ligaran a alguien a quien no volvería a ver. Y esto lo comprendí el último día que estuvo ella en Vancouver.
Fue un 24 de agosto. Yo la ayudé a trasladar sus cosas al aeropuerto. Yo estuve a punto de abrir el relicario donde guardaba mi maltratado corazón y entregárselo a Mikki, pero había algo que me lo impedía. Mis relaciones han siempre sido tormentosas y breves, y de hecho Mikki ha sido la tercer relación más larga que he tenido. La primera no terminó bien, porque ella quería tener un hijo mientras estábamos estudiando. La segunda no terminó bien, por culpa de una metida de pata que terminó en accidente, y que evolucionó en mayores males por culpa de la familia de ella. La tercera fue Mikki. Todavía recuerdo a Mikki y ese último día y se me llenan los ojos de lágrimas.
Literalmente. Lo estoy viendo y está a punto de sollozar. ¿Pero por qué?
Nos despedimos en el aeropuerto. Nos abrazamos largamente. Incluso llegué a temer que las autoridades nos separaran, pensando que éramos terroristas. Mi mente, como verás, no estaba totalmente embotada pero sí estaba yo un tanto embrutecido. Y ella se metió a hacer su check-in. Yo sabía que si ella abordaba el avión nunca la volvería a ver. Y tenía yo dos opciones. Tenía una tarjeta de crédito nueva, llena de crédito. Tenía dólares. Tenía una forma de regresar a méxico con ella, o de irme a Japón con ella. Yo me quedé ahí, indeciso. Yo no tenía ni idea de qué hacer. Quería gritar, como en las películas, pero también quería evitar una escena como de película. Lo que quería hacer era detenerla, abrazarla, gritarle “cásate conmigo” y vivir con ella, feliz hasta el fin de los tiempos, o incluso más tiempo si fuera posible. Con Mikki podía hablar de todo. hablaba de internet, hablaba de literatura, hablaba de música, hablaba de cine, televisión, radio. Mikki quería aprender cosas, yo quería enseñar cosas. Mikki quería enseñarme cosas, yo quería aprender cosas. ESTábamos lejos de ser la pareja ideal, y tal vez por eso la relación podía funcionar. Mikki era mi amiga, era más que mi amiga. Tal vez la idealizaba, pero una cosa es segura. Cuando por fin junté el valor para decirle en tres idiomas “Huye conmigo al fin del mundo” Mikki ya había cruzado la puerta del aeropuerto, con lágrimas en los ojos se despidió por última vez de mí, y se marchó lejos, muy lejos. Yo me quedé mirando la puerta, derrotado, y salí del aeropuerto. No sé cómo llegué a la barra del bar, y traté de ahogar mis penas en cerveza, pero estaba demasiado deprimido y ni siquiera pude beber.
No la he vuelto a ver. Al principio traté de escribirle, pero las cartas nunca fueron lo mismo. Podía escribir por horas y horas pero nunca podría capturar lo que realmente pensaba decirle a Mikki. Ambos abandonamos el esfuerzo, por fútil, y abandonamos la relación. No la he vuelto a ver. No creo volver a verla. Pero si, por alguna razón, por artes del demonio, o por simple suerte mañana me vuelvo a reunir con Mikki, sólo hay tres palabras en español, cuatro en inglés y diez en japonés que quisiera decirle.
Kekkon shitekureru? Mai asa o-miso shiru wo tsukutte kuremasenka? Will you marry me? ¿Te casarías conmigo?
Pero sé que no podré nunca. Porque tuve mi oportunidad, y la perdí. Porque cuando pude hacerlo, no me atreví. Porque cuando quise hacerlo, ya era muy tarde. En pocas palabras. Por pendejo. Por pendejo, no hay más que decir.
Ay, primo, perdóname.
Nah, nada pasa. Es sólo que me pongo viejo y sentimental. He de estar menopáusico. Te dejo esto para que lo publiques. Yo me voy antes de cometer suicidio.
Nunca antes había visto llorar a mi primo. Ay, quisiera que esto no saliera publicado, pero creo que es buena catarsis para él. Me siento mal por haberlo hecho contar esto, pero también me siento bien porque lo he ayudado a superar sus problemas, porque Quoth todo se calla y nada cuenta. Ay, primo, perdóname.
Esto me pasa por chismosa.
Posted: Monday, April 7th, 2008 @ 9:33 pm
Categories: Historias extranjeras.
Tags: chisme caliente, visitantes inesperados.
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April 7th, 2008 at 10:45 pm
Es una pena que solo haya habido tres, porque salen unas historias estupendas.
April 7th, 2008 at 11:23 pm
Tres han sido las más largas, año y medio, siete meses y cinco meses, respectivamente. Ninguna de esas relaciones me deja bien parado ante el sexo opuesto.
Interesante el hecho que este artículo ha sido uno de los más grandes que he escrito, y el más personal, creo yo. La ventaja es que, por lo menos, Tomoka ya tiene mi correo electrónico y yo ya tengo mi receta de medicamentos antiinflamatorios y analgésicos.
Pero tal vez lo más interesante es el hecho de que como catarsis sirvió más bien poco. Cata, querida niña, nada hay que deba perdonarte, No hard feelins, all right?
April 8th, 2008 at 12:04 am
linda historia, casi lloro
pero es que tambien ando muy sentimental ultimamente.
aunque me agrada que a pesar de la pena sentida su sentido del humor no se haya desquebrajado.
April 8th, 2008 at 4:50 am
Ay…
Un abrazo.
April 8th, 2008 at 6:09 am
Dado el significado médico de “catártico”, creo que es mejor que la catarsis no sea siquiera necesaria (y espero que los AINEs lo sean por poco tiempo).
April 8th, 2008 at 9:27 am
Faceta poco conocida del querido Quoth, no hay duda.
Muy cierto, la indecisión mata.
April 8th, 2008 at 10:01 am
Suele suceder Quoth… suele suceder… mis amigos me dicen que es “el estigma de ser ñoño”
… acabo de salir de algo parecido… T_T … ya hasta a mi me hiciste llorar…
April 10th, 2008 at 5:58 pm
[...] a ver si la próxima vez que me pidan que cuente la historia de mi vida me piden un capítulo menos triste, [...]