Feb
Sólo con tu pareja
Con este descarado plagio de título inicio la historia del viaje a Trois Riviéres.
A eso del medio día del viernes pasado Uno llegó a la sala de descanso del hospital con un celular en la mano. No me dijo gran cosa además de un “Hola, mi mamá te quiere hablar.”
Me puse colorada porque todas las enfermeras que estábamos ahí se me quedaron mirando y comenzaron a hacer ruiditos de envidia malsana y de la otra…
La mamá de Uno, doña Frances, quería conocerme y no aceptaba un “Non” por respuesta. Dijo que no le importaba si en este momento cortaba con su hijo, igual quería conocerme. Así que accedí. Uno regresó a su ala del hospital y yo me quedé en la sala de descanso mientras mis compañeras se morían de envidia y exigían detalles en veinte acentos diferentes de francés. Yo les dije que si querían que les diera detalles tendrían que aprender español y una chica me tomó la palabra. Como sea, la cosa es que cuando a fin de turno nos reunimos Mai, Sophie, Yubi y El Gran Pablito (a quien le pagamos por ser nuestro chofer cuando hace mucho frío) para ir a casa, les dije que me iba a ir el fin de semana con Uno a Trois Riviéres y El Gran Pablito casi choca. Cuando recuperó el control del auto me explicó que la mamá de Uno los fue a visitar una vez cuando compartiá casa con Uno, Otro y Aquél (un tipo a quien no conozco y que parece que ya no vive en Québec) y puso todo el lugar de cabeza. Según El Gran Pablito la mamá de Uno era el Anticristo con acento francés. Sophie y Mai querían saber más y Yubi se limitó a quedarse muy calladita. Llegamos a casa, Yubi preparó algo de cenar y Sophie y Mai me acribillaban a preguntas.
A la mañana siguiente me despertó Ozzie. Lo llevé a pasear y cuando regresamos Uno ya estaba en la casa, esperándome. Hablaba con Sophie no sé de qué cosas (pero me imagino) y cuando lo saludé me dijo que si ya estaba lista para irnos. Yo me quedé literalmente helada, tanto por el frío como por la pregunta en sí ya que se me había olvidado que íbamos a ir a su casa ese sábado. Dije un Oui rápido y me metí a mi cuarto con la excusa de buscar mi bolso y alcancé a escuchar un “te lo dije” de parte de Sophie. Metí las primeras garras que encontré en un bolso de mano y me puse mi abrigo para las jornadas largas, que es de imitación auténtica de piel de oso polar. Salí muy oronda y le dije a Uno que ya nos fuéramos.
No bien cerré la puerta del auto cuando ví a cuatro cabecitas que me miraban desde la casa: Ozzie, Yubi, Sophie y Mai. Sophie y Mai sonreían, Ozzie sacaba la lengua y Yubi sólo se puso roja y se metió cuando les sonreí.
La ville de Trois Riviéres está a apenas 130 kilómetros de Québec, que se pasaron volando mientras Uno manejaba por la autopista 40. Doña Frances en persona nos recibió en la puerta de su casa, y lo primero que me dio (después de saludarme, claro) fue una taza de chocolate caliente porque Uno le había dicho que yo era muy friolenta. Entró a la casa de Uno y me sentí como en mi casa. Me recibieron el papá de Uno, don Alfred, que para variar es ingeniero. Doña Frances es enfermera, y las dos hermanas de Uno, Renée y Dominique, aún estudian. Renée va a entrar a Negocios Internacionales y Dominique apenas está en la primaria. Moni es lo que los neonatólogos llamamos un descuido. Apenas logré calentarme un poco frente a la chimenea doña Frances me quitó mi abrigo y me invitó a pasar al comedor, de donde deduje que ya era medio día. Había una mesa servida como para diez personas, y estuve a punto de abrir la boca para preguntar por qué habían hecho tanto cuando llegó el otro hermano de Uno, Olivier, con su esposa, Sandra, y su bebita, Frances como la abuela. Olivier es ingeniero y Sandra es abogada. Nos saludamos efusivamente y por poco se me olvida que estábamos en Canadá, porque me sentía yo en casa.
Mientras comíamos un delicioso pavo asado doña Frances no dejó de preguntarme por mi árbol genealógico. Escuchaban todos atentamente y de vez en cuando me hacían alguna pregunta, hasta que les conté que una de mis amigas vivía en Trois Riviéres y se había mudado a Guadalajara porque a su marido mi hermano le había conseguido empleo en Pemex. Don Alfred y Oliver se me quedaron viendo muy raro, y don Alfred preguntó quién era mi amiga. Cuando le dije que era Ella, Oliver preguntó “¿Ella Alouette? ¿Casada con Pierre Nodoyuna?” y yo, asombrada, me limité a decir que ouí.
Don Alfred sonrió y dijo: “Ella es mi sobrina.”
Decir que me quedé con la boca abierta es decir poco. Yo pensé que esas coincidencias sólo se daban en Guadalajara, donde parece que todos descendemos de la misma familia y donde te encuentras a las mismas gentes en todos lados. Tal vez sea la maldición Maybrick.
Don Alfred se sirvió una generosa porción de puré de papas y una copa de vino y me pidió que le describiera Guadalajara. Yo les dije lo mejor que pude que mi ciudad es la ciudad más bella del mundo simplemente porque viví allá 24 de mis 25 años y que me encanta, porque es una ciudad auténtica de provincia donde hay gente que todavía saca sillas a la calle para respirar el fresco al caer la noche y donde los niños juegan al futbol en las calles poco transitadas. Que es una ciudad achaparrada donde el clima siempre es perfecto porque no hace tanto frío como en Quebec y que es una de las tres ciudades más importantes de México. Y que es una ciudad amable y tranquila, donde quiero regresar a vivir el resto de mi vida, con Uno, sin Uno y a pesar de Uno. Moni me preguntó si allá había las mismas cosas que aquí, y le dije que sí, excepto que las etiquetas siempre están en español y cuestan menos. Renée, en cambio, mucho más práctica, me preguntó si las escuelas costaban menos y yo le dije que la Universidad de Guadalajara, que es la segunda universidad pública más importante de México, la esperaba con los brazos abiertos. Doña Frances me preguntó si había playa cerca de Guadalajara, y yo le dije que sí, que cerca estaba una de las mejores playas de México donde se podía bañar uno muy a gusto en invierno. Y don Alfred me preguntó si se necesitaba visa para entrar, y yo le respondí que como turistas podían quedarse hasta seis meses sin mayor problema que presentar una buena dotación de cheques de viajero. Uno me dijo en voz baja que sus papás estaban pensando irse de aniversario de bodas a México y no sabían a dónde. Yo, de ingenua, les dije que si querían quedarse mucho tiempo mi hermano les ayudaba a conseguir un departamento en Guadalajara o en Puerto Vallarta, y a doña Frances se le iluminaron los ojos y tomó a don Alfred de la mano. Luego don Alfred me preguntó que cuánto tiempo consideraba que podrían quedarse en México con 15000 dólares canadienses. Yo nada má abrí los ojos como platos al oír la cantidad
dije en español “quince mil dólares” y luego en francés “tres o cuatro meses.” Don Alfred dijo entonces que el siguiente invierno lo pasarían en México, y Moni y Renée fueron las que abrieron los ojos como platos.
Olivier me preguntó entonces que por qué había venido a Québec, y yo les conté la historia de mi vida y obra en enfermería y medicina, junto con la oferta de venir un año a trabajar y que apenas llevaba dos meses en Quebec y ya no aguantaba el invierno. Les conté además que quería especializarme en neonatología y la oportunidad de hacerlo en otro país se veía muy bien en el currículum. En eso la pequeña Frances comenzó a llorar, y yo me encargué de ella mientras Sandra ayudaba a su suegra a limpiar la mesa. Un rato después la bebita ya estaba muy a gusto gateando por la casa ante la mirada divertida de doña Frances y aterrada de Sandra.
Le pedí yo a doña Frances que me enseñara a cocinar porque yo era muy mala en eso y me dijo que no había mucho secretos más que práctica y abrir las latas correctas.
Jugamos cartas un rato, don Alfred comenzó a hablar de política con Olivier y Uno, Sandra y doña Frances discutían sobre la infancia de Uno y Moni me preguntaba si en México todos abrÃan las botellas de tequila a balazos. Entre plática y plática yo aprendí mucho de Québec y se hizo de noche. Cuando nos dimos cuenta ya eran las nueve y era tiempo de ir a dormir. Bueno, eso era un decir. Doña Frances me mostró mi habitación y me dijo dónde estaba la luz del baño. Era el cuarto de Uno, y Uno iba a dormir conmigo.
A eso de las 10 de la noche me paré a la cocina con la intención de freir un huevo, porque me había quedado con hambre y porque aún traigo las horas de comer de Guadalajara firmemente grabadas en mi psique. Freí mi huevo y mientras buscaba un vaso con agua miré a Uno que estaba sentado en la barra de la cocina. Se levantó, fue hasta el plato donde estaba mi huevo, y comenzó a comérselo tranquilamente mientras me decía que traía un poco de hambre. Yo saqué otro huevo y comencé a freirlo mientras le decía que estar casada con él iba a ser difícil. “¿Y cómo sabes que nos vamos a casar?” me preguntó. “Muy fácil. Te estás comiendo lo que cociné.” Uno miró lo que quedaba de mi huevo frito requemado, se encogió en hombros y se zampó el último bocado.
Nos fuimos a dormir un rato después de lavar los dos platos. Y ahí recordé por qué las camas individuales son para una sola persona. Pero no me importó. Saqué de las profundidades de mi bolso de mano un camisón de franela matapasiones y me lo coloqué mientras Uno se lavaba los dientes. Luego entré a lavarme los dientes mientras Uno se ponía su ropa de dormir, que consistía en una camiseta y un boxer. Y nos acostamos. Yo aproveché el frío para abrazarme a Uno pero no pude pasar mas que de unos besos cuando me quedé dormida. Creo que soy como la Zandunga. A la mañana siguiente desperté abrazada de Uno, que roncaba plebeyamente. Doña Frances nos levantó con una frase en francés sobre las mañanas y Uno y yo nos levantamos con desgano. En la cocina había una pila de pancakes impresionante y nos servimos con ganas mientras Moni llegaba como sonámbula a la mesa, con el greñero parado, las pantunflas de conejito y la batita de las chicas superpoderosas. Me miró, me dijo algo sobre mi pelo, y se sentó a comer. Doña Frances me preguntó si pude dormir bien, porque Uno roncaba como locomotora, y yo le dije que tengo el sueño tan pesado que una vez tembló en casa y yo me quedé muy tranquila dormida en santa paz. Doña Frances se rió por lo bajo y en eso llegó don Alfred, rascándose partes del cuerpo humano que a mí se me habían olvidado que se podían rascar. Me saludó, me preguntó si había dormido bien, y que si no sería mucha molestia, en mi calidad de mexicana, le tradujera una carta que le habían enviado de una firma de ingenieros mexicanos.
Después de desayunar Uno fue a palear la nieve de la entrada de la casa y yo fui al privado de don Alfred para traducir la carta. Le traduje rápido el contenido y aproveché para redactarle la contestación en español. Don Alfred tenía una impresionante colección de trofeos de lacrosse y hockey, y me contó que en su juventud había sido deportista semiprofesional pero se había roto un tendón y para matar el tiempo mientras se recuperaba se metió a estudiar ingeniería civil, y de ahí en adelante su vida cambió porque conoció a doña Frances. Se casaron muy jóvenes. Me contó también que él había construido esa casa en persona, y que se la regaló a doña Frances como regalo de bodas. Un rato después, ya bañada y arreglada, me fui con Moni a conocer los alrededores de la ciudad, y me puse a platicar con ella sobre lo que era vivir en México y en Canadá. Terminé convenciéndola para que se vaya a estudiar a México un curso de español en vacaciones, para que compare la ciudad, y le dije que si se espera un año más podía llegar a mi casa. Ella me preguntó si me gustaba mucho su hermano, y yo no supe qué contestarle. Luego ella me dijo que Uno nunca había tenido novias, porque nunca se comprometía, y que por eso su mamá estaba muy contenta de que yo hubiera ido a visitarles. Yo le dije que mi hermano Memo era igual a Uno, y que sólo había tenido una novia en su vida y nunca había buscado a otra. Ella me preguntó que si podía yo acompañarnos cuando nos fuéramos a México. “¿Nos fuéramos?” le pregunté, porque pensé que había escuchado mal el plural. “Sí, cuando se vayan. Porque estoy segura que Uno se va a querer ir contigo.”
Yo ya me sentía como en una película (”Cómo perder a un hombre en 10 días”), porque la verdad es que no le veo muchas ganas a Uno de irse a vivir fuera de Canadá, pero Moni me dijo que Uno siempre había querido salir de Canadá pero no se animaba. Yo le pregunté qué sentiría si Uno y yo termináramos cortando, y ella dijo que Uno podía hacer muchas tonterías pero que a ella le había gustado mucho conocerme porque las otras bobas con las que Uno había salido ni siquiera tenían cerebro. Bueno, creo que me gané a alguien en la familia.
Compramos una chuchería en una tiendita de recuerdos y regresamos a casa. Uno seguía paleando nieve y hasta entonces me dí cuenta de que seguía nevando, poquito pero constante. Yo le dí un beso a Uno y le dije que dejara de palear un rato y que fuéramos a la sala a calentarnos. Frente a la chimenea don Alfred leía el periódico, y Uno y yo nos sentamos en un sillón. Moni se puso de panza frente al fuego y comenzó a describir las figuras que veía en el fuego. Doña Frances llegó un rato después, vociferando por teléfono a Renée, diciendo que quería saber dónde estaba antes de que saliera, no ya que hubiera llegado. Yo me reí entre dientes porque así mismo pasábamos los fines de semana en casa hace muchos años, sólo que yo era la que estaba de panza en el suelo, Lilith era la que se abrazaba con Jack y Holi era la que había salido de la casa mientras mi mamá la regañaba. Y por supuesto no había chimenea.
Comimos a medio día, y esta vez yo ayudé a mi suegra a cocinar. Me puso a hacer puré de papas y ensalada mientras ella preparaba un pastel de carne. Comimos muy a gusto, aunque sin Renée, que seguramente estaba con el novio. Doña Frances me pregunté sobre mi mamá y yo le conté lo que sé de su vida y obra, incluyendo a sus cinco hijos de las cuales la menor es un dechado de virtudes. (^_^) Entre plática y plática se hicieron las 4 y don Alfred le dijo a Uno que era mejor que nos fuéramos si queríamos llegar temprano a Québec. Como yo entraba a trabajar a las 12 le dije a Uno que su papá tenía razón, y Uno estuvo de acuerdo. Me despedí de doña Frances, de Moni y de don Alfred con un abrazo y un beso, y le prometí a mi suegra que cuidaría a Uno. En eso doña Frances dijo “Casi lo olvido” y entró a la casa. Regresó con una pila de galletas de maple todavía calientes y me dijo que eran para mí. Luego fue a despedirse de su hijo mayor y le soltó una frase que se me quedó grabada: “Tant va les cruches à l’eau qu’à la fin elles se noient.” Tanto va el cántaro al agua hasta que se rompe. Luego procedió a darle una bofetada de cariño y le dijo que me cuidara porque niñas como yo no se dan en maceta (nos damos en invernaderitos; por cierto, mis chilitos ya empezaron a crecer pero ahorita saben a mermelada). Uno me tomó de la mano y me miró, y le dijo a su mamá que me iba a cuidar mucho. Acto seguido, nos perdimos por la rue y pusimos rumbo a Québec.
Fue divertido. Por primera vez en dos meses no siento nostalgia por mi casa.
February 12th, 2007 at 4:42 am
¡Coincidencias tan extrañas de la vida!
o como diria Terry Pratchett, “En verdad en el mundo solo hay 500 personas reales por eso se la pasan chocando todo el tiempo”
Uno va por buen camino no hay duda que ese muchacho es un valiente.
February 13th, 2007 at 4:25 am
¿Como la Zandunga?
Para quien no conozca esa canción, creo que la estrofa en cuestión dice:
“Anoche fui a tu casa
“Tres golpes le dà al candado
“Tú no sirves para amores
“Tienes el sueño pesado”
Pobre Uno. Por cierto que confirmé la genealogÃa con Pierre y es cierto. Uno es su primo. Pobrecito Uno, ya veo su futuro quejándose de que no hace frÃo en Guadalajara…
February 13th, 2007 at 6:09 am
Jajaja… mugres inviernos extraños… que bueno que aunque sea por ratos se va la nostalgia…
February 14th, 2007 at 4:21 pm
Por lo menos ya tengo a alguien que me aguanta. Y hoy es dÃa del amor y de la amistad y de la fundación de Guadalajara.
Extraño a mi ciudad. Sobre todo extraño sus inviernos, que aquà son mortales y allá no dan ni cosquillas comparado con lo que he tenido que sufrir aquÃ. Volveré. Sola o acompañada, pero volveré.
February 14th, 2007 at 6:50 pm
Pobrecito Uno… tan lejos del Montruo de Espagueti Volador, tan cerca de CataclÃsmica Maybrick…
February 14th, 2007 at 7:48 pm
Joder, Cata, ¡pareces MacArthur!
February 14th, 2007 at 8:01 pm
Al fin y al cabo fue McArthur quien dijo “Volveré y seré un parque famoso…”