Jun
Los mininovios (viii)
Cuando digo que es una carga ser una Maybrick, me refiero especÃficamente a los genes heredados por mi abuelo. Charo Maybrick, mi tÃa que es menor en edad que yo y a quien trato como mi hermana menor (siempre quise tener una hermana menor, para no ser la última), también ha tenido contactos con mininovios. Más especÃficamente, acaba de cortar con uno la semana pasada.
Por cierto, éste es mi primer post escrito a cuatro manos con Jack.
El mininovio en cuestión llevaba ya algún tiempo persiguiendo los huesitos de Charo, pero ella se resistÃa tenazmente, hasta que hace dos semanas aceptó ir a cenar con él en La Bodeguita del Medio, un bonito antro con sabor cubano que se encuentra en la zona de antros decentes de la ciudad: Avenida Vallarta. Como no ibamos a ser menos, un compañero mÃo de la facultad y yo fuimos con ellos.
Mi compañero, a quien llamaré el doctor Cito, querÃa desde hace tiempo ver cómo me comportaba fuera de mi ambiente natural, es decir, de la escuela. Me ve como un proyecto de psiquiatrÃa. También está guapetón, pero tiene un defecto muy importante: batea para el otro lado. Es gay, para que me entiendan. Cito, Charo y yo llegamos un poco antes de la hora señalada, para esperar a Pino, que asà le denominó Charo al niño en cuestión. Para nuestra sorpresa, Pino ya estaba ahÃ.
Pedimos algo para la botana y unos mojitos, y mientras Cito y yo discutÃamos sobre los temas del examen que nos aplicarÃan la siguiente semana, Pino y Charo trataban de descubrir si tenÃan algo en común. No fue sino hasta que se terminaron su mojito que lo descubrieron, y se pusieron a hablar largo y tendido sobre eso.
Terminé mi mojito y consideré la posibilidad de tomarme otro cuando me puse a contar los vasos sobre la mesa. Entre Charo, Cito y Pino ya habÃan acumulado 9 mojitos, asà que me resigné a ser la conductora designada y ordené un agua mineral. Charo y Pino se reÃan sobre cualquier tonterÃa, y yo aproveché para preguntarle a Cito qué opinaba sobre Pino.
–Que está mono…
–Sobre él y Charo.
–Ah, pues no creo que sean el uno para el otro.
–¿Por qué?
–Él es obsesivo compulsivo.
–¿Y cómo lo sabes?
–No ha dejado de jugar con las servilletas.
Y efectivamente, Pino hacÃa y deshacÃa flores, pájaros, aviones, y hasta el módulo Eagle de la misión Apolo con su servilleta. Lo cual no deja de ser impresionante tomando en cuenta que la servilleta era de tela y no precisamente delgada. Charo, que evidentemente estaba achispada por los mojitos, se reÃa de todo lo que Pino decÃa. Yo pensaba que Pino sólo staba nervioso, y me voltée para preguntarle algo. No pude terminar de decir nada cuando Pino ya habÃa agarrado mi servilleta y formó una rosa que colocó sobre mi plato. Cuando me iba a contestar, tomó su servilleta y comenzó a doblarla en forma de alcatraz; me contestó, y deshizo su alcatraz para formar una nave espacial de caricatura. Yo miré a Cito, que me miró y se limitó a encogerse en hombros, con cara de “te lo dije.”
Una hora después salimos. Charo no podÃa ni con su alma, Cito me ayudó a llevarla al carro, y Pino se fue feliz, saltando por la banqueta para no tocar las lÃneas del concreto.
Llevamos a Charo a casa de mis papás y Cito me llevó a casa de Jack, y nos despedimos. A la mañana siguiente me llama Charo, justo antes de que me fuera a clases.
–Me enviaron un arreglo de flores.
–¿Pino? ¿Qué te envió? ¿Rosas, como Edo? ¿Margaritas, como Memo? ¿Alcatraces, como Jack?
–Son flores de papel.
–¿De papel?
–De papel.
–De papel…
–Y son muchas flores.
–¿Como cuántas?
–Como quinientas.
–Quiero verlas… voy en la tarde después de la escuela.
–Bueno…
Cuando llegué a casa de mis papás, adentro habÃa un impresionante arreglo floral de papel de china. Conté un total de 120 flores. HabÃa de todos los colores del arcoiris, blancas, negras, grises, celestes, verde fosforescente y rosa mexicano. Una cosa impresionante. Estaban hechas con papel arroz, papel de china, y papel bond. Todas dobladas con papiroflexia. Seguramente Pino se habÃa pasado toda la noche haciéndolas y se las llevó a Charo antes de ir a su trabajo. Me pregunto de qué trabajará…
En la tarde Pino habló. Contesté yo.
–¿Bueno?
–Hola, Charo. Soy Pino. Hablaba para ver si te habÃan gustado las flores.
–SÃ, Pino, muchas gracias –dije yo, imitando la voz de Charo–. Nada más que soy alérgica al polen y me la he pasado estornudando toda la tarde…
–Uy, lo siento, de haber sabido no te mando tantas flores…
–No te apures, ya se me pasará. –yo apenas podÃa contener la risa. Charo se tapaba la boca con una almohada.
–Oye, ¿Puedo hablar con tu papá?
–¿Para qué…?
–Quiero pedirle permiso para poder salir juntos.
–Ay, qué lindo… –dije– Pero papá no está aquà ahora. ¿Te molestarÃa hablarle a su celular?
–No, para nada.
–Apunta el teléfono –y le dicté el número del celular de Jack, al mismo tiempo que le mandaba un mensaje de texto a mi hermano mayor.
En la noche Jack me contó la historia. Apenas colgué con Pino, él le llamó.
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Y yo, por supuesto, contesté la llamada. Acababa de recibir el mensaje de texto de Cata, asi que supe qué contestar.
–¿Es usted el señor Maybrick?
–Servidor…
–Soy Pino Real, señor Maybrick. Estoy saliendo con su hija Charo.
–Ah, sÃ, el que le envió las flores. ¿Qué no sabe usted que mi hija es alérgica a todas y cada una de las clases de flores existentes en este mundo y varios de los vecinos?
–Discúlpeme, yo no sabÃa…
–¿No sabia? ¡No sabÃa! ¿Qué clase de excusa patética es esa?
–Le pido perdón…
–¡Perdón! ¡Perdón! ¡Después de que le envÃa cientos de flores que la pusieron a un pie de la tumba pide usted perdón! ¡Es un escán! ¡Dalouna! ¡Buzo! ¡Qué asco de generación!
–Señor, yo..
–¡No, no nada, ni madres! ¡Una hija mÃa jamás será pareja de una persona como usted! ¡Qué dirÃan los Villagrande de la Lana y Escandón si se enteraran! Ah, pero bueno, usted me hablaba por algo… ¿me decÃa?
–No, no, nada, era únicamente para presentarme…
–Ah, muy amable, joven, pase usted a casa cuando quiera…
–SÃ, sÃ, con mucho gusto.
–Muchas gracias por hablar… -y colgué.
El resultado de esta bella charada dio resultados mixtos.
Charo no recibió más flores de papel, y Pino no se acerca a la casa… aunque el muchacho no ha perdido la esperanza de salir con ella y le dió a Charo el número de su psiquiatra, para que yo le dé una visitada…
Cosas veredes, Mio Cid…
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