16
Jun

Los mininovios (vi)

Posted by Cataclí­smica on Cataclismos

¡Ay! Sufro tanto siendo yo, que no creo que nadie de ustedes pueda soportar la carga que es ser una Maybrick. Y es que nos gusta hacer las cosas al revés, yo creo que por influencia de mi madre. En ese caso, creo que lo que no soporto es ser una Ruiz. ¡Ay!

Recordando a todos los mininovios me acuerdo especialmente de un mininovio de verano.
Lo conocí en Puerto Vallarta. Allá fuimos mis compañeros de la prepa y yo cuando nos graduamos. Ya saben, en esa época todo prometemos que nos volvemos a ver cada mes y que seremos amigos hasta el fin de los tiempos… y entramos a la facultad y se nos olvida.

Estabamos todos, y en particular yo, en la casa de playa de un compañero nuestro. Yo estaba estrenando bikini en una época en que no me convenía usar bikini porque estaba yo muy blanca y me quemaba con mucha facilidad. Como sea, yo estaba muy a gusto cocinándome a fuego lento junto con un coco, bajo una palmera, descansando después de haber nadado un rato, cuando de pronto de pronto una de mis compañeras grita “¡Tiburón!” y todos salen del agua con una velocidad digna de Ana Gabriela Guevara. Todos menos yo, porque ya estaba afuera. Yo me metí al agua, porque sabía yo que los tiburones de Puerto Vallarta no atacan a las prsonas, porque los delfines no los dejan, y sobre todo porque los tiburones no usan trajes de buceo. Así que me metí al agua y nadé hasta donde estaba la aleta del tiburón.

Hice unas señas y el “tiburón” salió a la superficie para hablar. Lo llamaré Tiburcio. Tiburcio Rompeolas. Tiburcio era un verdadero Adonis, niñas: alto, bonceado, moreno, fuerte, fornido, formal y nada feo. Además tenía 18 años y estaba estudiando para biólogo marino en el Centro Universitario de la Costa, y en sus tiempos libres era buzo. Lo que parecía una aleta resultó ser un cuaderno de notas sumergible, que él se ponía en medio de los tanques de oxígeno para poder nadar con todas las extremidades. Lo invité a la playa, porque quería platicar con él y para que Chillidos aprendiera a distinguir entre un cuaderno y una aleta de tiburón.

Platicamos un rato. A mí el niño me había hecho tilín y quedamos de vernos en la noche para que me llevara a una discoteca. Yo no le dije que no tenía 18 años, que lo averiguara él. Y para las ocho de la noche, vestida con mis mejores galas nocturnas (que consistían en una blusita de seda rosa y una falda plisada negra) me fuí al malecón a esperar a Tiburcio.

Tiburcio llegó a las 9, justo cuando yo me comía unas papitas fritas que me había comprado en la plaza. Nos saludamos, y me invitó a ir a una discoteca cuyo nombre no recuerdo y que de todos modos no importa, porque ya no existe. Fuimos caminando, porque estaba a apenas dos cuadras. Entramos, y me sorprendió ver que el guardia de seguridad era un tipo que parecía el clon de Sylvester Stallone. Llegó Tiburcio, saludó al tipo como si lo conociera de toda la vida, y Rambo nos cedió el paso. Subimos las escaleras (la disco estaba en un segundo piso) y Tiburcio me dijo que el guardia era su primo.

Nos sentamos en una mesa que milagrosamente estaba vacía, ordenamos algo de beber y nos paramos a bailar.

Cuando dejó de sonar la mísica porque se había ido la luz, regresamos a la mesa entre los chiflidos de la concurrencia. Yo tomé mi vaso, me tomé mi coca cola, y entre sorbo y sorbo Tiburcio y yo platicamos de todo menos de mi edad. Justo cuando llegó la luz, me terminé mi refresco, y la linda de yo le pidió otro igual al mesero. El mesero, obeviente, llevó otro vaso a la mesa mientras nosotros bailábamos.

Después de un rato regresamos a la mesa y yo tenía tanta sed que me tomé mi bebida de un solo trago. Pronto, todo lo agradable y decente que había estado se transformó en una bestia incontrolable (pero muy alegre) que se estrellaba con todos y con todo. Lo más vívido que tengo en la memoria antes de desmayarme, fue que me bebí los vasos de dos mesas mientras le decía a todo quien se me atravesaba que lo amaba, para luego abrazarlo y besarlo. Luego me puse a bailar como trompo de Apizaco (cual vulgar peonza, para que me entiendan en España) y a tropezarme con todo y todos. Tiburcio y su gemelo me sacaron arrastrando porque yo no podía mantenerme en pie, y junto con sus dos primos los guardias Rambo y Rocky me bajaron a la calle, donde evidentemente vomité. No sé si con esa acción perjudiqué a Rocky, a Rambo, a Tiburcio, a su gemelo o a los cuatro, la cosa es que poco después me desmayé.

Recuperé el conocimiento cuando Tiburcio me lavaba la cara en el mar, que al fin y al cabo estaba a menos de 15 metros de la disco. Como siempre he tenido bien claras mis prioridades, recuerdo que le dije algo así como “Si manchas mi blusa te mato.” Tiburcio no se dió por aludido, porque luego me preguntó cuánto había bebido.
–Dos cocacolas… –dije con voz estropajosa.
–Qué dos cocacolas ni qué ocho cuartos… ¿Qué estuviste bebiendo?
–De verdad, dos cocacolas…
–Pero si estás bien tomada…
–Pues le han de haber echado algo a los hielos.
–¿Qué pediste?
–Dos cocas, de veras –dije, tratando de ubicar su cara para acariciarlo.
–¿No pediste nada con vino?
–Cocacola es la chispa de la vida –dije, me reí de mi broma y vomité otra vez. Por fortuna no salpiqué ni mi blusa ni a Tiburcio.
–Pero hueles a alcohol…
–Yo pedí una coca…
–¿Y luego?
–Otra igual…
No sé si estuvimos así por un buen rato o sólo lo repeti varias veces en mi mente. La cuestión es que me dormí y cuando desperté estaba hecha bolita en una colchoneta, en la casa de mi compañero. Sentía sombras y tenía más sed que una locomotora de vapor. Cuando pregunté a qué hora había llegado, me sorprendí… llegué a las 11 de la noche en estado lamentable. Y me había ido a las 8 de la noche, es decir, que sólo había estado afuera 3 horas.

Cuando me recuperé lo suficiente como para comprobar que por fortuna ni mi falda ni mi blusa habían sufrido daños, hice que un par de mis compañeros me acompañaran a la disco y preguntaran qué significaba pedir “otro igual” en el bar. “Otro igual, por favor”, significa generalmente pedir un mojito o una cuba libre, que era la bebida de la casa, Así que mientras Tiburcio y yo seguíamos bailando, el mesero vió que mi bebida era negra y me llevo “Otra igual.”

Y yo, que nunca antes había bebido alcohol, de pronto me tomé una cuba libre de altura, y el efecto que me hizo fue tan grande que hasta el día de hoy lo recuerdo y me duele la cabeza.

Y por supuesto, nunca volví a ver a Tiburcio…

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