15
Jun

Los mininovios (v)

Posted by Cataclí­smica on Cataclismos

Esta vez le toca el turno a Jack, con perdón de Lilith.

Jack y Lilith se conocen desde que llegamos a México a finales de 1982. Desde siempre han sido los mejores amigos y eso es algo que admiro mucho, porque no es fácil tener la personalidad de Jack conviviendo con la personalidad de Lilith. Pero a pesar de ser amigos, Lilith y Jack no se hicieron novios sino hasta que ambos estaban en la facultad. Cuando Jack estaba en la secundaria, y yo era una preciosa chiquilla de caireles azules y ojos rubios (déjenme soñar) Jack se hizo su primera novia.

Debía ser algo así como 1988 o 1987. La niña en cuestión se llamaba Heidi. Al menos así le decían; creo imaginar por qué: Heidi era la niña de las montañas. Recuerdo perfectamente su nombre porque yo me la pasaba brincando alrededor de ellos diciendo “Heidi, Heidi” igual a como Ichuel grita diciendo su nombre a quien quiera oírla.

Físicamente no recuerdo a Heidi. Era muy mona porque siempre me daba un dulce, y por aquí me encontré una foto de ella abrazando a Jack. Ahora sé que ella usaba frenos, antes no sabía lo que eran.

Pero bueno, decía yo que Jack llegó con Heidi un día a la casa. No había nadie, excepto yo. Mamá había ido de compras y me había dejado ahí porque tenía yo gripa. Jack llegó, abrió la puerta, entró con Heidi y justo cuando cerraba la puerta yo bajé corriendo las escaleras gritando algo, no sé qué. La cosa es que me pegué contra Heidi. Según Jack cuenta, después de pegarme contra ella me puse a llorar. Yo no recuerdo haber llorado, aunque a lo mejor sí lo hice. Heidi me levantó, me arregló el moño que traía en la cabeza y me preguntó cómo me llamaba.
–Cady. –dije, toda mormada.
–¿Eres la hermanita de Jack?
–Sí.
–¿Y por qué bajaste corriendo?
–Podque quedía ved quién llegaba…
Tras esta edificante conversación, quedaron dos cosas en claro: una, que a Heidi no le importó que me hubiera estrellado contra ella, y dos, que era yo bastante bruta. Se me quitó un poco con el paso del tiempo, pero no mucho, como verán.
–¿Cómo de llamas? –le pregunté.
–Heidi.
–Te padeces a Badbi.
–Gracias…
–¿Quiedes jugad conmigo?
–¿A qué?
–A la casita.
–Bueno…
Jack se quedó un tanto desanimado, porque yo creo que esperaba otra cosa cuando fue con Heidi a la casa. No sé si simplemente hacer la tarea, besarse y manosearse o incluso directamente experimentar con los misterios de la reproducción humana. Así que subió las cosas de Heidi y las suyas a su cuarto, y mientras tanto Heidi y yo nos sentamos en mi mesita infantil que tenía en la cocina de la casa. Como toda una expérta ama de casa de cinco años, saqué mi juego de té marca “Mi Alegría”, lo llené con té helado de verdad del que había en el refrigerador, y nos pusimos a platicar “cosas de señoras grandes.” Y en eso llegó Jack. Como a mí, a pesar de traer la nariz tapada, me había dado hambre, me levanté a hacer sandwichitos, que era lo más elevado de mi arte culinario. Ahora que lo pienso, creo que sigue siendo lo más elevado de mi arte culinario.

Aquí un paréntesis. Por alguna extraña razón, a mí me gustan los sandwiches de pepinillo. Simplemente tomo una rebanada de pan, lo unto con mayonesa, mostaza o margarina (a veces hasta los tres), le coloco unas pocas rodajas de pepinillos encurtidos, y lo doblo. Así que esa vez, evidentemente que hice lo propio: quería hacer sandwiches de pepinillo porque yo recordaba haber oído que en Inglaterra se comían sandiches de pepinillo con el té. Era yo muy inocente…

Lo malo es que esta vez no había pepinillos. Había, sin embargo, un bote en la repisa de abajo del refrigerador, junto al espacio donde deberían haber estado mis pepinillos, y tenía rodajas de algo que se parecía a mis pepinillos pero no lo eran. Tampoco había mostaza, margarina ni mayonesa, pero yo sabía que a mis papás y a mis hermanos mayores les gustaba echarle una agüita roja que había en una botellita de vidrio con etiqueta verde. Así que les eché mucho de eso, razonando que si a ellos les gustaba, a Heidi también. Así que hice mis sandwiches con esos pepinillos raros y el agüita roja mientras Heidi platicaba con Jack. Y regresé con mis sandwichitos infantiles de pepinillos más verdes que de costumbre. Tampoco podía yo oler nada, así que no supe qué era esa cosa que había agarrado. Hice tres sandwichitos, uno para Jack, uno para Heidi, y uno para mí.

Jack agarró uno, y estaba a punto de morderlo, pero sonó el teléfono y lo dejó para poder contestar. Heidi agarró uno, y lo mordió. Yo agarré uno, y lo mordí. Y acto seguido me puse a gritar y a llorar. ¡No eran rodajas de pepinillos, sino rodajas de chiles jalapeños! ¡Y el agüita roja era salsa Tabasco! Heidi dejó caer su sandwich, se tomó todo el té de mi tetera “Mi alegría” y se levantó a buscar algo para tomar agua mientras se le salían las lagrimas, Jack llegó corriendo, tomó su sándwich, lo olió, y rápidamente dedujo lo que pasaba. Abrió el refri, sacó un cartón de leche y me hizo tomar un par de tragos y hacer gargaritas, para que se me pasara lo enchilado. Hasta se me destapó la nariz. Luego hizo lo mismo con Heidi, y cuando las dos recuperamos la normalidad, Jack no pudo contener la risa. Heidi estaba muy enojada con Jack por reírse de ella, y cruzó los brazos y puso cara de enojo. A mí me gustó cómo se veía Heidi y yo también crucé los brazos y puse cara de enojo. Jack nos dijo que éramos muy chillonas y para muestra se comió los tres sándwiches de jalapeños y salsa tabasco sin decir nada. Heidi le pidió a Jack su mochila y se quiso ir. Yo me quería ir con ella, pero ella no quiso porque yo era la que había hecho los sandwiches. Entonces crucé los brazos y puse cara de enojada. Heidi nada más dijo “los dos están locos” y de todos modos se fue.

Y así le eché a perder la primera cita a Jack… y no sería la última.

Comments are closed.